A veces desearía gritarte. Hay muchas cosas para gritar en tu oído, aunque no me permito a mí misma hacerlo. Cosas como "¡Vuelve a ser la que eras antes, maldita sea!" o "¿¡Por qué tuviste que cambiar tanto!?". Cosas como esas... Pero no puedo. No puedo reprocharte que hayas cambiado, cuando puede que no sea culpa tuya. No hay forma en que yo sepa eso, así que, en la duda, prefiero callar y en silencio, observarte, deseando en silencio que sigas siendo la de siempre. Deseando abrir los ojos, y que todo haya sido un mal sueño: Nunca haberte perdido.
Pero te perdí. Te perdí aquel fatídico día, cuando ni yo misma supe que te había perdido. Me lo contaste más tarde, días más tarde. Aún lo recuerdo bien.
Me llevaste a tu habitación, recuerdo la ubicación de tu cama, recuerdo cómo nos sentamos, recuerdo bien aquel espejo frente a mí, dándole la espalda a la ventana. Recuerdo mi sombrero y abrigo negros. Recuerdo que era un cinturón al que le hiciste un agujero, recuerdo bien que me dijiste "
Hice algo malo, pero no quiero que te enojes conmigo". Recuerdo que esa noche y ya de mañana lloré. Recuerdo bien cuánto lloré.
Los días siguientes, normales. Los siguientes a aquellos, vino el cansancio. Las constantes llamadas, las constantes preocupaciones. "Lo volvió a intentar". Recuerdo más que bien, la noche en que te despediste de mí, y vi que verdaderamente, planeabas una despedida.
Cloro. Todo era llanto. Los míos también, sentada a la cabecera de la mesa, apoyada en la pared, con un vaso en mi mano. Sólo allí, supe que te había perdido hace mucho tiempo. Pero sólo ahora me doy cuenta de lo que en realidad significa.
Maldigo ese día. ¡Ese
fatídico día!
No hay comentarios:
Publicar un comentario